En Números 27:17, Moisés respondió en obediencia al propósito de Dios de entregar sus funciones a un nuevo sucesor y marcó los objetivos para el nuevo líder. Los objetivos fueron claros y contundentes: Josué debía asumirlos con toda la entereza de su liderazgo; tenía el llamado, la preparación y, sobre todo, contaba con la aprobación de Dios.
Su misión consistía en sacar al pueblo del letargo, de las improductivas vueltas de 40 años en el desierto, de la pobreza espiritual, mental, cultural y física; de la manera de pensar corta, limitada y escasa que tenían de sí mismos y de la Gloria de Dios. Tenía que sacarlos de la actitud de murmurar y quejarse por todo, de culpar a otros, de la vanagloria de sus éxitos del pasado, y proyectarlos hacia una nueva oportunidad de poder, autoridad y conquista de nuevos sueños, nuevos territorios, nueva temporada.
En los próximos años de gestión estamos desafiados a introducirnos a un nuevo tiempo de poder, al desarrollar nuevos ministros; de autoridad, al tomar nuevas ciudades; y de conquista, al plantar 100 nuevas iglesias cada año.
La condición de nuestra nación nos exige como ministros que la saquemos de la pobreza, iniquidad, inseguridad y demás expresiones propias del pecado que fluye del corazón humano. El dolor, la violencia, la iniquidad y el sufrimiento humano no son un problema del Estado; son una condición del corazón humano, y somos desafiados a introducir a las naciones al Reino de Dios, que es justicia, paz y gozo, para caminar en la novedad de vida (Romanos 6:4) guiada por el poder del Espíritu Santo.
Nuestras estrategias, gestión y propósito deben enfocarse en levantarnos en el poder del Espíritu Santo para introducir a nuestra nación al Reino de Dios: evangelizando más, discipulando más, plantando nuevas iglesias y cuidando a los que sirven en el ministerio.
Es algo realmente hermoso y asombroso servir a un Dios tan grande, que tiene en mente destinos para nosotros que nunca escogeríamos por nosotros mismos.